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Año 15 /Marzo - Abril / No. 86  U.M.S.N.H.



            estrellado (China). Su impacto fue tan profun-
            do que transformó la cultura culinaria euro-
            pea. Pero no solo eso: generó una obsesión.

                  Europa descubrió que en otras tierras se
            comía mejor —o, al menos, con mayor com-
            plejidad— y decidió que debía acceder a esos
            sabores a cualquier costo.  Lo que siguió no
            fue una historia romántica de descubrimien-

            tos, sino una cadena de expediciones impul-
            sadas por el comercio, que derivaron en mo-
            nopolios,  violencia, explotación y  despojo.

            Las rutas de las especias no fueron solo ca-
            minos comerciales: fueron también rutas de
            dominación.
                  Y, sin embargo, el mundo seguía siendo
            más grande de lo que Europa imaginaba.

                  La llegada a América —buscando, iróni-
            camente, una ruta más corta hacia el conti-
            nente asiático— abrió un nuevo capítulo. Aquí

            encontraron  ingredientes que no  encajaban
            en su esquema mental. No eran «especias»,
            al menos no según su definición. Pero lo eran.
                  Ahí estaban los chiles, con su compleji-
            dad de picor y aroma; la vainilla, con su per-

            fil dulce y profundo; el achiote, el epazote, el       pero también con lo que incorporan. Los platos no
            orégano mexicano; la pimienta gorda del Caribe; el     son  reliquias: son  organismos vivos.  Se transfor-
            cacao, que no solo era bebida ritual, sino también     man, migran, se reinterpretan.

            un modulador de sabor.                                       Piense en un mole  mexicano  sin especias
                  Al principio no supieron qué hacer con ellos.    asiáticas, en una  paella  sin los intercambios glo-
            Pero,  como suele  ocurrir, terminaron incorporán-     bales, en una pizza sin el  tomate  americano. Re-
            dolos.                                                 sulta imposible. La cocina  moderna —la que hoy
                  A estos se sumaron ingredientes de África y,     defendemos como tradición— es, en realidad, una

            en menor medida, de Oceanía. El resultado fue un       construcción híbrida.
            fenómeno que hoy nos parece natural, pero que es             Y  ahí está uno  de los  grandes méritos del
            profundamente histórico: la cocina como espacio        libro de Reinertsen Berg: recordarnos que detrás de

            de fusión. No una fusión superficial o de moda, sino   cada sabor hay una historia. Y que esa historia no
            una integración lenta, conflictiva y, muchas veces,    siempre es amable.
            violenta de tradiciones, productos y técnicas.               Lea este ensayo. No solo para entender el ori-
                  Por eso resulta curioso —y a veces irritante—    gen de las especias, sino para comprender algo más
            encontrarse con  ciertos «fundamentalismos»  cu-       profundo: cómo el mundo que habitamos —sus ru-

            linarios:  posturas  que  defienden  la  pureza  de  los   tas, sus intercambios, sus desigualdades— también
            platos como si fueran entidades fijas, inmutables.     se puede leer en un plato.
            Como si la cocina no fuera, precisamente, el resul-          Porque, al final, sazonar no es un gesto me-

            tado de la mezcla.                                     nor. Es, sin saberlo, participar en una historia larga,
                  La comida es, ante todo, adaptación. Las co-     compleja y compartida.
            munidades  cocinan  con  lo que tienen a la mano,




        Coordinación de la Investigación Científica                                                                    99
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