Cangrejo negro

Escrito por Horacio Cano Camacho

Para muchos podría parecer hasta de mal gusto hablar de una película apocalíptica apenas saliendo de una pandemia que tuvo grandes costos humanos, económicos y sociales. Sin embargo, en mi defensa, diré que precisamente estos eventos pueden llevarnos a meditar sobre la fragilidad de la vida y la estabilidad de la sociedad. Esta se puede romper por «quítame allá esas pajas», y lo estamos viendo en la guerra de Ucrania, las tensiones por Taiwán y la perpetua violencia en el Medio Oriente.

En medio de la pandemia, surgió el rumor de que el virus de COVID-19 había sido creado por China como arma y que había sido «liberado» por accidente de un laboratorio de guerra biológica. De cualquier manera, era culpa de los chinos. Las teorías de conspiración no son ajenas a cualquier tragedia, hasta los terremotos y los huracanes se incluyen en la lista de fechorías de nuestros villanos favoritos. El problema, en este caso, es que la fuente de la «información sobre la conspiración» era ni más ni menos que el gobierno norteamericano.

Hubo incluso un excientífico, Luc Montagnier, codescubridor del VIH —virus responsable del SIDA—, que declaró que el SARS-CoV2 era una construcción artificial con la mezcla de otros virus, incluidas partes del propio VIH. Si alguien debería saber que eso es falso y fácilmente demostrable, era él.

De manera que las conspiraciones, los mundos apocalípticos o tragedias masivas, están en nuestra cultura. En este sentido, vamos a recomendar una película estrenada por Netflix hace unas semanas con enorme éxito y que pertenece a este género (para seguir documentando nuestro pesimismo). Se trata de Cangrejo negro (Adam Berg, Suecia, 2022), basada en la novela Svart Krabba, del autor sueco Jerker Virdborg, con Noomi Rapace (Serie de Millenium, Prometeo) en el papel principal.

En un país escandinavo ficticio y sin nombre, se desata una guerra civil entre dos bandos antagónicos que llegan al borde de la destrucción mutua. Un de los grupos, que nosotros asumimos —sin información previa— como el «bueno», está a punto de ser aniquilado, pero su alto mando concibe un plan: Un comando de seis soldados son enviados a una misión suicida a través del mar helado para transportar un «paquete que pondrá fin a la guerra». Los soldados no se conocen, no tienen ningún nexo previo e ignoran el objetivo real de encargo. La película es una historia oscura, un thriller apocalíptico, sombrío, implacable y con una misión cuya motivación central me propongo revelar (ojo, spoilers a partir de aquí) porque es el vínculo con la ciencia.

Lo contaré porque sucede muy pronto en la película. El grupo suicida es mandado tras las líneas enemigas a la base de uno de los ejércitos enfrentados, pero llegar allí no solo supone sortear a los enemigos, tarea de por sí casi imposible, sino enfrentar a una naturaleza absolutamente hostil a través de lagos y el mar congelado, con un frío de muerte y apenas equipamiento adecuado. Los miembros del comando fueron seleccionados por sus habilidades como patinadores, así como por su capacidad demostrada de sobrevivencia.

En un momento descubren que el paquete que cargan y cuidan con todo esmero (un par de botellas), contiene un líquido que ellos asumen que es un virus y más adelante se comprueba. El conflicto para estos combatientes es llevar o no un arma que terminará matando a sus portadores, al enemigo y a sus familias. Poco a poco nos vamos enterando que los eligieron, además de por sus competencias, porque todos tienen a alguien por quien arriesgar la vida, una motivación para cumplir la misión. Pero la película nos plantea a cada momento el dilema: si tenemos éxito, todos mueren, si fallamos, muchos mueren.

Toda guerra es un asunto de terror y dolor, pero una guerra que utilice agentes biológicos como arma, tal vez sea aún peor. Desde sus orígenes, la humanidad ha tenido miedo a enfermarse, no solo por desconocer la naturaleza de las afecciones, sino porque se ignoraba cómo se producían y cuáles eran los mecanismos de infección. Al principio, las grandes pandemias se atribuían a la «corrupción del aire» (miasmas) o a un origen astronómico. Rápidamente se pasó a atribuirle una enfermedad a las pasiones de las deidades, culpar a otros grupos humanos de su desgracia o atribuirselos a la falta de cuotas a los dioses.

Pero no éramos del todo víctimas inocentes, realmente a medida que fuimos descubriendo la naturaleza contagiosa de muchas enfermedades, también las usamos para fastidiar a los enemigos. Ejemplos de este tipo de conductas abundan en la historia.

La utilización de agentes biológicos en la guerra se remonta a unos 3 500 años, cuando los hititas utilizaron la tularemia como arma biológica, al introducir ovejas infectadas en los campamentos enemigos. La tularemia es una enfermedad infecciosa causada por la bacteria Francisella tularensis y que suele atacar piel, ojos, ganglios linfáticos y pulmones; afecta principalmente a conejos, liebres y roedores.

Por su parte, los mongoles lanzaban cadáveres de soldados muertos por la peste —provocada por la bacteria Yersinia pestis— contra los campamentos y fortalezas enemigas. De hecho, se ha planteado la hipótesis de que fueron viajeros genoveses quienes llevaron, sin saberlo, de Feodosia en Crimea, a orillas del Mar Negro, las pulgas que diseminaron por Europa la gran pandemia de peste en el siglo XIV y una de las más mortiferas de las que se tenga registro. Estos comerciantes estaban en la ciudad asediada por el Ejército mongol. En un momento, se declaró la epidemia en la ciudad y los comerciantes huyeron despavoridos y regresaron a Génova, llevando en sus barcos y mercancías a las ratas portadoras de las pulgas infectadas con la bacteria responsable de la enfermedad. Este es un ejemplo involuntario de los riesgos de usar armas biológicas (de lo que hablaremos en un momento).

Durante la Segunda Guerra Mundial, los japoneses, que invadieron China, crearon unidades de guerra biológica contra el pueblo invadido. Se sabe que infectaban personas con virus mortales, incluso con peste bubónica; al morir, les sacaban los órganos con los que alimentaban ratas y luego estas eran diseminadas en pueblos y aldeas chinas. Este es el único caso comprobado de guerra biológica en los tiempos modernos.

En 2001, los ataques en EE. UU. con ánthrax, enfermedad producida por la bacteria Bacillus anthracis, conmocionaron al mundo. Varias personas fallecieron, incluidos empleados postales, lo que demostró la facilidad con la que un agente biológico puede ser producido, aislado e inoculado, además de ser muy letal. Un tiempo después de los atentados contra las Torres Gemelas, EE. UU. valoró como probable la amenaza de la reintroducción intencionada de la viruela, por lo que anunció una campaña de vacunación en la población expuesta y de manera voluntaria para la población en general, la cual incluyó a millones de norteamericanos.

Pero, ¿qué es la guerra biológica? Es el uso de agentes biológicos como armas contra los contrarios. No importa si se desconoce la naturaleza de una enfermedad, el solo hecho de saber que se contagia, basta para usarla contra otros. La guerra biológica también ha sido acompañada de la dispersión de agentes químicos. El propio Japón los usó contra el pueblo chino y recientemente se acusó a los gobiernos de Irak y Siria de hacer lo propio.

Cuando conocimos la naturaleza infecciosa de las enfermedades y los agentes que las provocan, las armas biológicas se refinaron como hemos visto en los ejemplos citados. Pero hay algo que ha frenado el uso de estas armas en tiempos modernos: lo incontrolable de sus efectos.

Por fortuna, contra las tentaciones del uso militar de las enfermedades, los patógenos no son específicos de un grupo, una etnia y mucho menos de un país. No existe una enfermedad infecciosa que solo afecte a los mexicanos y no a los anglosajones u otros grupos en EE. UU., que solo aqueje a los japoneses pero no a los chinos, o a los negros pero no a los blancos. De manera que usar estas armas supondría un riesgo enorme para el propio atacante. En el caso de Japón versus China, terminada la guerra y luego de unas muy complicadas negociaciones y años de resistencia del culpable, Japón reconoció su responsabilidad y procedió a descontaminar los pueblos afectados y a destruir sus arsenales de armas biológicas y químicas. Ahora contamos con convenciones internacionales que prohíben su uso.

El uso de bacterias como agente biológico, aunque es terrible, puede ser atendido rápidamente con el uso de antibióticos y otros recursos de control, de manera que salvo aquellas enfermedades bacterianas que se difunden por esporas, como el caso del ánthrax, su eficacia es muy pobre. Esto plantea a los virus como el candidato a tomar en cuenta.

Los virus son agentes biológicos que fuera de las células que infectan no se comportan como seres vivos (no son autónomos) y sus necesidades nutricionales, conservación y dispersión, serían relativamente más fáciles. Pero su factibilidad está en duda, puesto que los virus necesitan de un huésped vivo para mantenerse y fuera de este se comportan como cristales y son muy lábiles, siendo destruidos por el calor, radiación solar, desinfectantes sencillos o se destruyen solos… Y dispersarlos por el aire, como se hace en las películas de fantasía, en realidad haría muy remota su eficacia.

Los virus respiratorios (como COVID, influenza, ébola) de dispersión y contagio por el aire, serían hipotéticamente mejores; ellos requieren ir en gotas de agua, en forma de aerosoles, pero necesitan cercanía del emisor a la víctima seleccionada. El aerosol puede «salpicar» a poca distancia, sin embargo, a distancias mayores pierde eficacia; tiende a caer por gravedad y las condiciones ambientales como viento, luz y temperatura lo destruyen y diluyen, bajando drásticamente las posibilidades de contagio.

Los virus como la rabia requerirían inoculación directa en heridas, mientras que la viruela requiere contacto prolongado con secreciones, objetos contaminados y presencia de mucosas o heridas en la víctima potencial; no obstante, medidas de higiene y «sana distancia» serían suficientes para disminuir la probabilidad del contagio.

Pero las dificultades técnicas pueden tener solución. Incluso podríamos «construir» un virus más infeccioso o más letal y encontrar el vector perfecto. Aquí nos encontraremos con otra dificultad, tal vez irresoluble por ahora y que nos salva de su uso. En el caso del COVID-19, producido por el virus SARS-CoV2, se acusó a China, sin prueba alguna, de construir el virus como arma y que por accidente este «escapó» de un laboratorio en Wuhan.

El COVID no es el único síndrome respiratorio que conocemos, de hecho, hay muchos virus de la familia de los coronavirus que los provocan, incluso son más letales, como el Sars y Mers que ya provocaron brotes epidémicos en varios países de Asia. Conocemos además, otros coronavirus que afectan a los humanos provocando catarros y enfermedades leves. Ninguno de ellos cuenta con vacunas ni medicamentos específicos, de manera que es un sinsentido construir un virus menos letal y para el que ni China tiene recursos para enfrentar.

Las vacunas creadas y aplicadas por China, utilizan tecnología menos moderna y eficiente que las vacunas desarrolladas por occidente, sus supuestos blancos y nadie en China recibieron medicamentos misteriosos para curar o prevenir la enfermedad, cosa que sí hicieron en occidente. El presidente de EE. UU., el acusador Donald Trump, fue de los primeros en recibir anticuerpos monoclonales específicos desarrollados por Johnson, mientras que Joe Biden, presidente actual, también recibió los medicamentos antivirales desarrollados por Pfizer, ambas compañías norteamericanas. No existe reporte alguno de su uso en China.

Los virus más letales suelen ser de ARN (VIH, Ébola, influenza, COVID, etc.), son los más complejos de prever en su comportamiento. El ARN que forma el genoma de estos virus, no edita su secuencia cuando se cometen errores y, por lo tanto, su tasa de mutación es enorme. El virus que «entra» en la célula huésped es distinto de los que salen luego de reproducirse, de manera que generar una vacuna anticipándose a todas las variantes que se originen por mutación es imposible. Esto lo podemos ver en las variantes del COVID, del cual han surgido miles y solo unas pocas logran sobrevivir y ser exitosas. Nuestras vacunas cada vez son menos adecuadas para cada variante y para el enojo de los enemigos, los virologos chinos sin duda son muy buenos para no saber esto.

Hay quien argumenta que el blanco de la enfermedad-arma era EE. UU. y prueba de ello es que es el país con más casos de contagios y muertes. Pero las razones son menos heroicas de lo que parecen. Tienen más casos y más muertes por su negativa a reconocer la enfermedad a tiempo, sus posturas negacionistas y su resistencia a vacunarse, además del desastre de la medicina totalmente privatizada que solo atiende a quien la pueda pagar. China, por el contrario, tiene un sistema de medicina social muy consolidado y bueno, se movió muy rápido y diseñó estrategias de contención, vacunó a más de mil millones de personas en poco tiempo y la gente fue muy disciplinada para el confinamiento, uso de mascarillas y distanciamiento social.

De manera que cualquier virólogo, epidemiólogo o científico serio, de inmediato sabe que estas «armas» son inútiles, peligrosas contra el mismo productor e incontrolables al ser sistemas que presentan evolución conducida por su propia naturaleza. Son armas para no usarse.

Pero conocer la peligrosidad de las armas biológicas no significa que no se tengan, el caso más claro viene de las armas nucleares. Sus poseedores saben que no las van a usar, salvo que el enemigo las use primero, pero eso asegura la destrucción mutua. De manera que los militares han justificado su fabricación como recurso de disuasión: Las tengo para que el otro no las use conmigo, solo lo amenazo con usarlas, pero no las uso. Esa visión absurda nos ha llenado de un arsenal suficiente para acabar, no solo con el enemigo y nosotros mismos, sino con todo el planeta. Su mantenimiento y fabricación son muy costosos y los riesgos de un accidente son muy altos. Pero, aun así, se tienen.

Regresando a la película, un bando cree que usar un arma biológica, supuestamente un virus letal, eliminará al enemigo y seguramente a la mayoría de la población del planeta, pero tal vez una élite sobreviva en refugios; sin embargo, no se pone a realizar cálculos muy simples, por ejemplo, ¿qué pasará después?, ¿cómo sobrevivir a un mundo sin alimentos, máquinas, comunicaciones? Porque vamos a matar a productores, médicos, obreros, transportistas, albañiles, campesinos, etc., y en una caverna, como el mito del Arca de Noé, no puedo meter una pareja de cada uno. Hablando de biología simple, ¿cuál es el tamaño mínimo de la población humana para garantizar la supervivencia de la especie, evitando endogamia, enfermedades, muerte?, ¿cuánto alimento, para cuántos días y cuántas personas puedo reservar en una caverna o refugio?

La guerra biológica —como toda guerra— es una estupidez, pero mientras pelear a pedradas o espadazos puede eliminar a muchos, aunque no a todos los que no están en el campo de batalla, un arma biológica, como una nuclear, terminará matando a sus propios creadores.

Vean la película, es muy vertiginosa, está muy bien construida y nos permite valorar la paz por encima de cualquier cosa, así como meditar sobre las teorías conspiracionistas de buenos contra malos.

  

Horacio Cano Camacho, Profesor Investigador del Centro Multidisciplinario de Estudios en Biotecnología y Jefe del Departamento de Comunicación de la Ciencia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

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