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Año 15 /Marzo - Abril / No. 86  U.M.S.N.H.



            bir una acción desesperada:  ese momento en el         nocida, conectado a sondas, atendido por brazos
            que solo un milagro puede salvar la situación. En el   robóticos que cuelgan del techo. Una voz —metáli-
            fútbol americano, por ejemplo, es ese pase lanza-      ca, impersonal— le lanza una pregunta  absurda:
            do en los últimos segundos, casi a ciegas, esperan-    ¿Cuánto son dos y dos? No puede responder al mo-
            do que alguien —en algún lugar— atrape el balón        mento, pero luego de un esfuerzo titánico, lo logra.
            y cambie el destino del partido. Quizá, en México,     La siguiente pregunta es aún más extraña: ¿Cuál es
            lo más cercano sería un resignado «que sea lo que      la raíz cúbica de ocho? Así, entre interrogantes ele-
            Dios quiera». Bajo esa luz, el título local empieza,   mentales y lagunas mentales, comienza a recons-
            tal vez, a tener cierto sentido.                       truir quién es.
                  Andy  Weir,  conocido  por  su  ciencia  ficción   Su  nombre  es Ryland Grace. Es  astronauta. Y es,
            «dura»,  tiene una virtud rara: investiga con  una     aparentemente, el único sobreviviente de una mi-
            precisión casi obsesiva, pero escribe con ligereza,    sión rumbo a Tau Ceti, una estrella a 11.9 años luz
            con humor fino y con un ritmo que no concede tre-      de la Tierra.
            gua. Sus novelas se leen como se devoran las me-             La razón de ese viaje es inquietante: nuestro
            jores series: con urgencia. Esa combinación —rigor     planeta  está en peligro. Unos  misteriosos puntos
            científico y narrativa adictiva— no solo entretiene,   negros  —alineados en lo  que se conoce  como  la
            sino que también acerca al lector a la ciencia con     línea de Petrova— parecen estar drenando la en-
            una naturalidad poco común. En ese sentido, Weir       ergía del Sol. Si el fenómeno continúa, provocará
            es, sin duda, un gran divulgador. Y la adaptación ci-  una caída global de aproximadamente 15 °C en la
            nematográfica, hay que decirlo, no desmerece.          temperatura terrestre  en apenas  tres décadas.  El
                  La historia comienza con una escena que des-     resultado: una catástrofe ambiental de escala pla-
            coloca: un hombre despierta en una «cama» desco-       netaria,  capaz  de  colapsar  las  cadenas  tróficas  y
                                                                                empujar a la biosfera —y a la civiliza-
                                                                                ción humana— al borde del colapso.
                                                                                      Para dimensionarlo:  durante
                                                                                la última  glaciación, la temperatura
                                                                                descendió entre 4 y 6 °C. Eso bastó
                                                                                para reconfigurar el planeta, provocar
                                                                                extinciones masivas y transformar los
                                                                                ecosistemas. En este contexto, 15 °C
                                                                                no sería una crisis: sería, muy proba-
                                                                                blemente, el fin de la vida tal como la
                                                                                conocemos.
                                                                                      El  origen del problema  es aún
                                                                                más perturbador. Esos  puntos resul-
                                                                                tan ser organismos —los llamados as-
                                                                                trofagos— que, en muchos aspectos,
                                                                                recuerdan  a una amiba:  basados en
                                                                                carbono, con ADN, capaces de apro-
                                                                                vechar la luz como fuente de energía.
                                                                                Pero con  una diferencia radical: so-
                                                                                breviven en la superficie del Sol.
                                                                                      Ante esto, la humanidad orga-
                                                                                niza el Proyecto Hail Mary: una misión
                                                                                tripulada  por tres especialistas  que
                                                                                deben  encontrar  una solución.  Pero
                                                                                algo sale mal. Solo Grace despierta y
                                                                                no recuerda nada.
                                                                                      Weir construye aquí un ejercicio
                                                                                notable de realismo científico. No hay
                                                                                atajos fáciles: ni física ignorada, ni hé-





        Coordinación de la Investigación Científica                                                                    105
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